El objetivo final de criar a un hijo no es hacerlo filial o talentoso, sino dejar que te deje tranquilamente y viva bien su vida. Le enseñas a vestirse y le dices que te dé las gracias, no para que sea obediente, sino para que sea decente y magnánimo entre la multitud. Le proporcionas la lectura y el mundo de la vida, no para que destaque y glorifique a sus antepasados, sino para darle la confianza para elegir la vida que le gusta. La verdadera educación de los padres es un buen retiro; cada paso es dejar que el niño tenga la confianza para ser independiente, comer y vestirse abrigado en su propio mundo, poder llevar el viento y la lluvia, y atrapar el arcoíris.