Hoy es el día más oscuro de mi vida. Mi querido hijo, Agnivesh, nos dejó demasiado pronto. Tenía solo 49 años, estaba sano, lleno de vida y sueños. Tras un accidente de esquí en Estados Unidos, se estaba recuperando bien en el Hospital Mount Sinai, Nueva York. Creíamos que lo peor ya había pasado. Pero el destino tenía otros planes, y un paro cardíaco repentino nos arrebató a nuestro hijo. No hay palabras que describan el dolor de un padre que debe despedirse de su hijo. Un hijo no está destinado a irse antes que su padre. Esta pérdida nos ha destrozado de formas que aún intentamos comprender. Todavía recuerdo el día en que nació Agni en Patna, el 3 de junio de 1976. Procedente de una familia bihari de clase media, se convirtió en un hombre de fortaleza, compasión y propósito. La luz de la vida de su madre, un hermano protector, un amigo leal y un alma dulce que tocaba a todos los que conocía. Agnivesh fue muchas cosas: deportista, músico, líder. Estudió en Mayo College, Ajmer, fundó una de las mejores empresas, Fujeirah Gold, llegó a ser presidente de Hindustan Zinc y se ganó el respeto tanto de colegas como de amigos. Sin embargo, más allá de todos los títulos y logros, seguía siendo simple, cálido y profundamente humano. Para mí, no era solo mi hijo. Era mi amigo. Mi orgullo. Mi mundo. Kiran y yo estamos rotos. Y, sin embargo, en nuestro duelo, nos recordamos que los miles de jóvenes que trabajan en Vedanta también son nuestros hijos. Agnivesh creía profundamente en construir una India autosuficiente. A menudo decía: "Papá, no nos falta nada como nación. ¿Por qué deberíamos ir atrás?" Compartimos el sueño de asegurarnos de que ningún niño duerma con hambre, que ningún niño se vea privado de educación, que cada mujer se mantenga por sí misma y que cada joven indio tenga un trabajo significativo. Le prometí a Agni que más del 75% de lo que ganamos se devuelvería a la sociedad. Hoy, renuevo esa promesa y la resolución de vivir una vida aún más sencilla. Había tanta vida por delante. Tantos sueños aún por cumplir. Su ausencia deja un vacío para su familia y amigos. Agradecemos a todos sus amigos, compañeros y simpatizantes por estar siempre ahí para él. Beta, vivirás en nuestros corazones, en nuestro trabajo y en cada vida que hayas tocado. No sé cómo recorrer este camino sin ti, pero intentaré llevar tu luz hacia adelante.