Probablemente lo peor de hacerme mayor y sentirme volviendo más tonto es que para cuando mis hijos sean lo suficientemente mayores para entender algunas de las cosas que me gustaría contarles, puede que ya no pueda explicarlas de forma coherente
la tragedia compartida de que los niños nunca pudieron conocer plenamente a sus padres, y de los padres nunca fueron tan conocidos
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