El comunismo es una sociedad donde producir te hace sospechar y necesitar te hace virtuoso. Cuanto más creas, más te acusan de explotación. Cuanto más te falta, más te tratan como si tuvieras derecho moral a lo que otros han ganado. La riqueza se trata como prueba de culpa, mientras que la necesidad se trata como una reclamación moral sobre la vida de los demás. En ese sistema, la competencia no se admira, se dirige a un objetivo. La independencia no se celebra, se condena como egoísta. El individuo productivo se convierte en un problema que debe ser gestionado, gravado, regulado o sacrificado "por el bien mayor". Mientras tanto, la dependencia se eleva a virtud, porque la necesidad es el único estatus que otorga inmunidad moral. Si no eres un parásito víctima, eres un villano que sacrificar. Si te niegas a hacerte la víctima, te acusan de crueldad. Si tienes éxito, te dicen que te roban el éxito. El sistema no puede tolerar a individuos autodirigidos y autosuficientes, porque su existencia expone la mentira de que la necesidad crea derecho. Eso no es un error. Es el núcleo moral del sistema. El comunismo no pretende eliminar la pobreza creando productores. Su objetivo es eliminar a los productores moralizando la pobreza. El resultado no es igualdad, sino una carrera hacia el fondo forzada por la culpa, la coacción y la lenta destrucción del orgullo, la responsabilidad y los logros ganados.