Cuando esto ocurra, la cuestión central de política no será cómo colapsó el régimen iraní, sino cómo se permitió que persistiera durante más de cuatro décadas. Desde 1979, la República Islámica ha combinado una represión interna sistemática con una desestabilización externa sostenida, proyectando un militantismo ideológico y violencia por poder en Líbano, Siria, Yemen, Irak y Gaza. Esta postura no ha sido incidental; Ha sido estructural para la estrategia de supervivencia del régimen. Al hacerlo, Teherán ha sido el obstáculo más persistente para una arquitectura de seguridad regional duradera y para una paz integral en Oriente Medio. Un orden político definido por la dictadura religiosa, la coacción interna y la desestabilización externa carece de legitimidad a largo plazo. Su eventual desplazamiento no representaría un cambio de régimen por sí mismo, sino una inflexión estratégica necesaria, que probablemente recalibre los incentivos regionales y mejore las perspectivas de estabilidad, desescalada, prosperidad económica e integración en el sistema internacional.