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Lo que resulta impactante no es solo la política. Es la descaro. Los políticos pueden pedir abiertamente desmantelar los derechos de propiedad, respaldar la incautación colectiva y señalar a los grupos raciales como daños, todo mientras juran defender una Constitución construida explícitamente para evitarlo. Y no pasa nada.
El juramento no es ceremonial. Es una promesa de defender los derechos individuales precisamente contra este tipo de abuso colectivista. Los derechos de propiedad no son una preferencia política. Son una base moral y legal. Una vez que declaras la propiedad como un "bien colectivo", ya has declarado que existen individuos con permiso del Estado. Eso no es reforma. Eso es repudio.
Pedir discriminación y persecución racial mientras ocupas un cargo público no es activismo. Es una confesión de falta de forma. Si el juramento significara algo, esto no se debatiría. Sería descalificante. El verdadero escándalo es que no lo es.
Cuando los funcionarios pueden abogar abiertamente por violaciones de derechos sin consecuencias, el problema no son solo los políticos malos. Es una cultura que ha dejado de tomarse en serio sus propios principios fundacionales.
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